domingo, 30 de noviembre de 2008

Por fin la puerta cedió y el cargado ambiente del interior me abrazó...

No fue hasta ese momento que me di cuenta del estado en que me encontraba, cansada, herida, confusa y con un frío que me comenzaba en el interior de los huesos y se difuminaba por todo mi cuerpo con la intensidad de la nieve.
Sin levantar la vista del suelo busqué un rincón en la barra donde poder recobrar el calor y el aliento.
Antes que pudiera terminar de ubicarme el camarero me ofrecía un vaso con un líquido transparente.
_Al primer trago invita la casa_ Me dijo con una hermosa sonrisa en los labios.
_No gracias, prefiero no beber_ Le dije rehusando su ofrecimiento.
_Te ayudará a entrar en calor, y si prefieres no beber ¿Qué haces aquí?_ Me preguntó.
_Algo me hizo llegar al corazón de Padmavyuha, luego me equivoqué de puerta, el guardián me dijo que debía llegar aquí para poder comenzar de nuevo_
_No deberías hacer caso al viejo cascarrabias. Tomate un trago conmigo, quizás te haga cambiar de opinión_
Miré entonces a mi alrededor, y tal como me había dicho el guardián pude ver las cabizbajas siluetas que se movían sin rumbo por la taberna, al fondo había dos mesas, todos bebían.
Sentí una punzada de dolor provocada por el frio en la espalda y volviéndome hacia el camarero le asentí con la cabeza, el sacó otro vaso de debajo de la barra y muy despacio se sirvió un trago, luego al cogerlo señaló el mio con la otra mano, esperó a que lo cogiera y levantó el vaso mirándome a los ojos.
_Por que encuentres la salida_ dijo.
Y brindamos.
El licor era dulce, pero muy fuerte, bajó hasta mi estómago dejando un rastro de fuego en mi interior, noté como el color regresaba a mis mejillas y una sed enorme se apoderó de mi.
_Muchas gracias._ Le dije al camarero. _Creo que tenías razón, necesitaba un trago._
Apuré mi vaso y le pedí que lo rellenara, según el alcohol nublaba mis sentidos yo me sentía recobrar el calor y la vida.
_¿Qué te debo?._ Le pregunté.
_Un secreto._ Me dijo.
_¿Cómo que un secreto? Me refiero a la copa._ Le dije mientras intentaba recordar si tenía o no dinero.
_En la taberna de los repudiados soy yo quien decide los precios, y esta noche cada una de tus copas vale un secreto._ Lo dijo de forma tan pausada, con tanto convencimiento en sus palabras que lo creí y comencé a buscar un secreto en mis adentros.
_Aun lo quiero, le dije a todos que no era cierto, le dije a él que lo quería bien lejos, para no verlo. Pero me muero porque me abrace, por tener cerca sus besos, porque aparezca y me rescate._ Le dije casi sin tener que esforzarme en pensarlo.
_Quizá sea esa mentira la que te arrastró al laberinto. Si quieres otra copa, ya sabes el precio, estaré por aquí._ Me contestó mientras me guiñaba un ojo y se marchaba al otro extremo de la barra.
Al quedarme sola recordé las indicaciones del guardián. _Si quiero regresar al corazón del laberinto debo conversar con los repudiados, descubrir cuales fueron las decisiones inapropiadas que me llevaron hasta Padmavyuha._ Dije en voz muy baja hablando conmigo misma.
Pero no debí decirlo tan bajo como había pensado porque de entre las sombras salió un hombre con gesto enfadado en dirección a mi. _Ahora necesitas conversar ¿no? Tu tiempo fue otro, no seré yo quien te ayude_ Me gritó enfadado.
Era alto y moreno, tenía una nariz enorme y olía a alcohol, estaba borracho y andaba dando tumbos, sus ojos estaban inyectados en sangre daba la impresión de que era más por la rabia que por su estado. Miré su rostro intentando recordar de quien se trataba, pero no logré encontrarlo entre mis recuerdos.
_Perdona, ¿Te conozco?_ Dije dirigiéndome a él.
_No, últimamente he estado pensando y he llegado a la conclusión de que nunca me conociste, creo que fue sólo un espejismo. Hubo un tiempo en que pensé que me conocías, creí que entendías mis miradas y escuchabas mi latido, creí que me mirabas con el mismo desconcierto con que yo te miraba a ti, pero ahora se que nunca supiste quien era, jamás resulté importante para ti._ Contestó, esta vez en voz muy baja, casi hablando para sí.
Había mucha tristeza en sus palabras, yo seguía sin saber de quien se trataba y eso me hizo sentir mucho peor, me hizo consciente del grado de dolor del que podemos ser responsables sin apenas darnos cuenta.
_¿Así que aun lo quieres?_ Me preguntó.
_Si, más que a nada. ¿También a él lo conoces?_ Contesté.
_No, nunca quise ponerle rostro, pero siempre lo vi brillando en tu mirada_ Y diciendo esto se giró y se alejó lentamente de mi.

1 comentario:

alma dijo...

Curioso, como los desalientos conducen a barras...